Pero hoy, especialmente hoy, necesito pensar en la bondad de Dios con mi vida y con la del hombre que amo.
Que las etapas tuvieron un diseño que sólo podría realizar quien tiene todo el control y todo el poder para ordenar dolores, atracciones, miedos, resentimientos...
Que la persona que más amo lucha con ser vulnerable emocionalmente y que yo lucho con la vulnerabilidad física. Que ambos podemos ser potenciados a un caminar en santidad si nos apoyamos en el otro para que Dios provea lo necesario para alcanzar el balance.
Que justo cuando a él se le ocurrió que nos separaremos yo había concluido que, de ser ese su plan, debíamos optar por un corte radical y distancia absoluta.
Que prácticamente al mismo tiempo, en esa distancia, nos dimos cuenta que nuestros sentimientos eran amor, verdaderamente. Que la ausencia fue necesaria y planificada por Dios para que pudiésemos estar seguros.
Que el año en que iniciamos nuestra relación es el año en que los fondos de mi mamá serán liberados y que podríamos casarnos muy pronto si así se acordara.
Que cuando planeamos ahorrar los costos de mis medicamentos disminuyen, llega el 10% y encuentro trabajo.
Que el lazo formado está cimentado en el conocimiento y la aceptación en gracia, sin secretos ni manipulaciones para obtener el amor del otro.
Que primeramente Dios nos regaló la amistad única -que no encontramos en nadie más- y luego de eso una conexión emocional mayor.
Que estamos en plena sintonía respecto al futuro que queremos con el otro.
Que mi familia reaccionó de muy buena manera a la noticia.
Que todo lo necesario para un matrimonio existe ya en nosotros.
Que tropezamos y caímos juntos pero que nos arrepentimos, replanteamos los términos en que nos estamos relacionando y seriamente queremos pelear la batalla por restaurar lo que sea necesario. Eso solamente es intervención de Dios. Si quedara en nuestras manos perversas no habría retorno.
Que nos amamos, profundamente, como en las películas y las canciones de amor.
En lo bueno y en lo malo, por siempre.
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