En mi cumpleaños número 29, una de mis compañeras de trabajo en Lounge decidió invitarme Pizza de almuerzo. Yo no soy buena para comer pizza y ella, claramente, no lo sabía porque nos conocemos muy poco. Sin embargo, fue a Dominó, escogió las pizzas que nos gustaron, pagó por ellas y me regaló un super buen día de trabajo en la tienda, haciéndome sentir muy comoda y apreciada.
Un amigo, que sabía de mi ansiedad por tomar café y algo más, un día de semana llego a la tienda, casi a la hora de cierre con un capuchino y una dona con diseño fubtolero. Eran tiempos de Copa América. Él no es futbolero pero se tomó el tiempo de venir al mall, después de la pega, pasar a comprar algo rico y presentarse, sin anuncio, con cosas que pretendieron mostrar su afecto hacia mi.
Una de mis alumnas de EFI, hace mucho tiempo ya, estuvo de viaje en Europa. Es una de mis alumnas mayores, que le costaba un poco seguirle el hilo al estudio, pero que siempre iba y llevaba galletas con la mejor disposición. Ella me regaló un brazalete hecho de tiritas de cuero y que decía mi nombre en una placa. Lo trajo desde España y me pareció el más lindo detalle que se hubiese acordado de su profesora, una cabra chica más de la iglesia, para comprarle un regalito desde tan lejos, en sus vacaciones. Derritió mi corazón.
Un recuerdo más triste es el que me hace pensar en el 2016, cuando estaba dando mi práctica en la Corporación y mi hermano llegaba ebrio a la casa con mi mamá muriendo de cáncer en la pieza de al lado. Nos tocaba dormir juntos porque mi mamá necesitaba la pieza sólo para ella. Yo me acostaba cansada, de la práctica, de atender a mi mamá, de preocuparme de Walter y cuando él llegaba pasado a copete, no podía dormir. Anduve semanas apenas despierta, apenas alerta y cansada hasta el extremo. Cuando una de las hermanas, amigas, de la iglesia se enteró de cómo estaba viviendo me ofreció ir a dormir a su casa todas las noches que lo necesitara. Nunca tomé la oferta pero fue una propuesta tan genuina que es un acto de amor que nunca voy a olvidar.
En el mismo año recuerdo a mi mejor amiga, llevándome comida o café a la clínica alemana cuando nos tocaba pasar días enteros con mi mamá hospitalizada. Sólo llegaba a acompañarme en algún espacio común o afuera de la clínica a comer algún nugget o cafecito porque sabía que andaba sin comer y sin tiempo para salir de ahí.
Me acuerdo de la amabilidad de la amiga de mi amiga, que no me conocía tanto en ese tiempo pero, que me escuchaba en silencio cada vez que en alguna junta me tocó hablar del caos familiar. En especial respecto a la enfermedad de mi mamá o a estar compartiendo pieza con mi hermano ella no tendía a intervenir, ni para darme ánimos ni para decirme que hacer.
Para mi cumpleaños, fecha en la que ella planeaba salir de la ciudad, me pasó las llaves de su departamento y me dijo que celebrara mis veintiséis en su espacio. Me dejó usar su cama, su pijama, sus pantuflas y comer de su refrigerador. Incluso me permitió llevar a una amiga.
Repito, ni siquiera eramos tan cercanas en esa época y ella no tenía necesidad de que le cuidaran el departamento, sólo sabía cuanto necesitaba un break.
Ayer, uno de mis amigos de la U, al que le está yendo bien en la pega y quien se acaba de comprar un tremendo auto, me preguntó como estaba en términos de mi salud mental. Él había estado al tanto de mi tratamiento psiquiátrico el año pasado y cómo había tenido que dejarlo atrás por temas de plata. Me preguntó si mi papá estaba ayudándome a pagar los medicamentos o las citas al doctor y le contesté la verdad. De una manera muy delicada y amable me hizo saber que podía contar con él en caso de necesitar plata urgentemente o por un imprevisto médico. Me instó a no sentirme avergonzada por necesitar su ayuda, ni pensara que los préstamos de plata podían enredar la amistad, incluso me dijo que de no poder devolverle la plata él lo entendía y que la oferta no era vacía sino que con toda la intención de mostrar su presencia activa en mi vida y en mis necesidades.
Estos son los que recuerdo ahora, rápidamente, pero hay muchísimos más que estoy segura he vivido.
Se que el ser agradecido de las muestras de afecto, admiración o de amor es lo mínimo que uno podría hacer pero mi memoria falla y la de todos, realmente. Nos olvidamos del amor de Dios y todas sus expresiones. Nos centramos en nosotros mismo, nos dedicamos a ver sólo lo que falta, lo que no tenemos, lo que deseamos pero nos es negado.
Cuando pienso en todo este amor recuerdo que no lo merezco. Se cuan vil y egoísta soy.
Se que no merezco ninguna muestra de admiración ni de afecto pero, por Dios que las he recibido y siempre han estado ahí por gracia de Dios. Que en algunos momentos decida olvidar, es otro cuento.
Se que es por gracia común, que existen muchos de estos actos aleatorios de amabilidad que han marcado mi vida y por eso decido más que estar agradecida, quiero ser agradecida.